Apenas hagamos un poco de memoria, todos estaremos de acuerdo en que, al menos en lo que al entretenimiento audiovisual se refiere, los tiempos actuales se parecen mucho a aquello con lo que soñábamos durante nuestra ya lejana infancia y adolescencia. Una época en la que teníamos tan poco que soñábamos con tenerlo todo: todas las películas, todos los cómics, todos los libros… Todos los juegos.

Soñábamos con el futuro. Y ese futuro estaba lleno de coches y patinetes voladores, de robots (o roboces) que trabajaban por nosotros, de un crecepelo definitivo y de la pastilla capaz de curar todas las enfermedades. Pero, por encima de todos esos grandes logros, soñábamos con una tele enorme y un mando a distancia que nos permitiera acceder a todo el ocio digital del mundo sin movernos del sofá.
Juegos al alcance de una pulsación de botón, sin preocuparnos de si funcionaría en nuestro ordenador, sin pelearse con configuraciones ni sufrir porque, invariablemente, siempre te faltaba algún requisito. Películas de todas las épocas, sin tener que ir al videoclub, sin pedirle al dueño que, por favor, te reservara una copia, sin esperas eternas por culpa de las ventanas de distribución. Cómics a espuertas, en tu idioma, sin preocuparte de si alguien se molestaría en editarlos en tu país y, si lo hacía, que además lo hiciera en condiciones. Libros… En fin, tan hambrientos como estábamos de contenido audiovisual y lúdico, llegamos a creer que el paraíso consistía precisamente en una abundancia obscena de contenido. Sin límites. Sin trabas.
Pues bien. Lo conseguimos.
Ese futuro con el que soñábamos ya está aquí. Tal cual. No una versión descafeinada. No un sucedáneo. Exactamente el que imaginábamos entonces. Bueno… al menos en lo que al ocio digital se refiere, porque el crecepelo definitivo y la pastilla milagrosa seguimos esperándolos.
Hoy podemos acceder a todo con un clic, con una simple pulsación de botón. Gratis o a precios ridículamente bajos. Todos los juegos que alguna vez soñamos con jugar están ahí, gracias a la emulación, sin necesidad siquiera de salir del navegador. Y si nos apetece cacharrear un poco (muy poco) tenemos decenas de dispositivos que, conectados al televisor, nos permiten navegar entre miles de títulos y jugarlos al instante.
Con el cine ocurre exactamente lo mismo. Plataformas accesibles sin movernos del sofá, catálogos interminables con películas de ahora y de siempre. Si alguien menciona una película, podemos estar viéndola cinco minutos después. Si nos recomienda una serie, exactamente igual.
Los libros y los cómics tampoco se quedan atrás. Canales legales, ilegales y alegales nos permiten acceder prácticamente a cualquier obra que podamos imaginar. Tenemos tanto, tantísimo, que abruma. Tanto, tantísimo, que aturde. Tanto, en definitiva, que aquella Arcadia con la que soñábamos ha terminado convirtiéndose, por pura abundancia, en un páramo de aburrimiento.
Hasta aquí, nada nuevo. Nada que no sepáis ya. Entre tanta abundancia de contenido no faltan libros, artículos, podcasts o canales de YouTube con divulgadores de esos que están fuertes como el vinagre, lucen brazos tatuados y unas sempiternas gafas amarillas, y que no dejan de recordarnos que la abundancia moderna nos está machacando. Ellos dicen que nos está haciendo débiles. Yo creo que ocurre algo aún peor: nos está aburriendo más allá de lo concebible.
La abundancia de comida nos engorda.
La abundancia de comodidades nos debilita.
La abundancia de estímulos nos aburre.
Simple.
Por supuesto, no vengo a deciros que comáis menos y os mováis más; eso ya lo sabéis. Lo que sí quiero proponeros es que podemos aburrirnos un poco menos. Que podemos aprender a volver a disfrutar de nuestros juegos. Quizá no como lo hacíamos de niños (eso sería pedir demasiado), pero sí bastante más de lo que lo hacemos hoy.
El truco, en realidad, es sorprendentemente sencillo. Se trata de añadir un poquito de fricción. Solo la suficiente para que nos lo pensemos dos veces antes de caer en el ya clásico: «Lo quito y pruebo otro.»
Y creedme, yo soy el primero que ha recomendado mil veces colecciones como las de Neville o ExoDOS. No solo esas, también plugins para Kodi o la magnífica BOB de Nachete, al que incluso hemos tenido el placer de entrevistar en un par de programas. Son trabajos descomunales y absolutamente imprescindibles para cualquiera que quiera conservar y descubrir el catálogo de MS-DOS.

Pero creo que estamos utilizándolos para algo para lo que, paradójicamente, no son tan buenos.
Son fantásticos para investigar. Para curiosear. Para descubrir juegos olvidados. Para comprobar cómo era aquel título del que te hablaron hace treinta años. Incluso para comparar versiones. Pero no tanto para sentarte una tarde y jugar.
Porque es demasiado fácil.
En el momento en que la gotita del Abu Simbel Profanation te roba la tercera vida, o un salto en Prince of Persia no sale como esperabas, la tentación está ahí: una combinación de teclas, vuelves al lanzador y, en menos de cinco segundos, estás probando otro juego.
Somos así. Nuestra biología nos ha construido para elegir siempre el camino de menor esfuerzo.
Por eso creo que la solución pasa por hacer justo lo contrario.
Del mismo modo que procuramos no tener chucherías en casa para no acabar devorándolas, o existen cajas con temporizador para encerrar el móvil y evitar la tentación de consultarlo cada cinco minutos, quizá también deberíamos ponerle una pequeña barrera al cambio constante de juego.
No mucha.
Solo la justa para que cambiar de juego dé un poco más de pereza que intentarlo una vida más.
Mi configuración actual es deliberadamente simple.
Tengo una carpeta llamada JUEGOS. Dentro están mis juegos, organizados en directorios como lo estaban hace treinta años. Arranco DOSBox, con el teclado configurado en español y esa carpeta montada directamente como unidad C:.
Y ya está.
Nada de menús. Nada de carátulas. Nada de vídeos. Nada de listas infinitas.
Solo un prompt.
A partir de ahí toca hacer lo que hacíamos entonces. Escribir `DIR`. Recordar cómo leches se llamaba el directorio del juego. Entrar en él. Volver a listar los archivos. Descubrir que el ejecutable no se llama como el juego. Que quizá sea `START.EXE`, `GAME.EXE`, `GO.BAT` o cualquier otro nombre críptico limitado por aquellas inolvidables ocho letras del DOS. Equivocarte. Probar otra vez. Y, por fin, lanzar el juego.

¿Es más incómodo?
Por supuesto.
¿Pierdes un par de minutos?
También.
Pero esos dos minutos tienen un efecto curioso: cuando por fin aparece la pantalla de presentación, ya has invertido un pequeño esfuerzo. Lo suficiente para que, cuando pierdas la tercera vida, cambiar de juego deje de ser un acto reflejo.
Porque el objetivo no es que arrancar un juego sea difícil.
El objetivo es que cambiar de juego lo sea un poquito más.
Y resulta que, a veces, ese par de minutos de «fricción» son justo lo que necesitábamos para volver a terminar una partida en lugar de empezar veinte.
Igual es una chorrada. Igual es algo que todos hacéis desde hace años y yo, después de media vida configurando _frontends_, emuladores y lanzadores, no había caído en ello. O igual resulta que a alguno de vosotros le sirve para volver a disfrutar de esos juegos que tantas horas felices nos regalaron y que hoy, por el motivo que sea, nos dejan una extraña sensación de vacío apenas diez minutos después de arrancarlos.
Al final no se trata de renunciar a las comodidades. Ni de volver al disquete, ni de desinstalar ExoDOS, ni de demonizar las colecciones que tanto han hecho por preservar este patrimonio. Se trata, simplemente, de recuperar un pequeño ritual. De volver a hacer que jugar requiera un mínimo esfuerzo para que abandonar la partida requiera un poquito más.
Porque, quizá, el problema nunca fue que tuviéramos demasiados juegos.
Quizá el problema es que podemos cambiar de uno a otro demasiado deprisa.
Probadlo durante unos días.
Arrancad DOSBox. Escribid `C:`. Teclead `DIR`.
Y luego me contáis si llegáis un poco más lejos en la partida. Creo que os vais a sorprender.