12 meses, 12 juegos: Aces of the Pacific

Aces of the Pacific big box

Bueno, pues resulta que estamos a 25 de septiembre.

Y aquí hay que reconocer las cosas como son: ni yo me he acordado de publicar el juego de septiembre antes, ni por lo que parece nadie lo ha echado especialmente de menos. Lo cual, bien mirado, dice bastante de la magnífica disciplina que estamos demostrando con este proyecto.

Pero bueno, estamos en septiembre, así que toca sacar el juego del mes. Y como todavía quedan cuatro días para terminarlo, tiempo de sobra para cualquiera de vosotros, teniendo en cuenta el ritmo que llevamos. Es más, igual os sobran tres.

El elegido es Aces of the Pacific (1992).

Aces of the Pacific big box

Y este mes nos vamos por otro de esos caminos que hicieron del PC una plataforma bastante particular. Porque si hay algo que siempre ha tenido el ordenador frente a las consolas es esa tendencia enfermiza a complicarlo todo. Tú quieres un avión. El PC te da un simulador de combate con modelos de vuelo, campañas, aviones históricos, misiones, gestión de combustible y probablemente un manual que pesa más que el propio ordenador.

Aces of the Pacific es precisamente eso. Un simulador de combate aéreo ambientado en la Guerra del Pacífico, heredero de toda esa tradición de juegos que entendían que jugar también podía consistir en aprender un montón de cosas antes de empezar a divertirte.

Y aquí tenemos además una oportunidad estupenda para poner a prueba al bueno del Comandante Laertes, que como todos sabemos, además de ser el jefazo supremo del ADLS, es nuestro piloto particular. Después de tantas horas mandando arcades desde las alturas, ya va siendo hora de comprobar si cuando le quitas el joystick y le das un avión de verdad sigue teniendo ese aura de autoridad militar que se le presupone. Yo, personalmente, no me pondría demasiado cerca de su pista de aterrizaje.

Porque este juego merece ser jugado ahora precisamente por eso. Tenemos ya una cierta edad y hemos pasado por suficientes juegos como para que no nos impresione cualquier cosa. Hemos visto gráficos mejores, físicas más realistas, campañas infinitamente más complejas y aviones que hacen hasta el café si les das tiempo. Pero merece la pena volver a un juego como este y preguntarnos qué demonios veía un jugador de 1992 cuando se sentaba delante de su 386 y se encontraba con aquello.

Porque, siendo sinceros, visualmente ha envejecido regular. Muy regular. Hay momentos en los que aquello parece una discusión entre polígonos y píxeles que ninguno de los dos tiene demasiado claro cómo terminar.

Pero debajo hay una ambición tremenda.

Y eso es precisamente lo que me interesa rescatar. El PC de principios de los 90 estaba convirtiéndose en una máquina capaz de hacer cosas que pocos años antes parecían directamente imposibles, y los simuladores eran uno de los sitios donde más se veía. No necesitaban ser bonitos. Necesitaban convencerte de que estabas pilotando un avión mientras intentabas no estrellarte contra algo que, visto en pantalla, probablemente tenía tres píxeles y medio.

Así que nada.

Estamos a 25 de septiembre, quedan cuatro días y ya podéis empezar a buscar excusas. Que si no tengo tiempo, que si hace calor, que si estoy de vacaciones, que si el niño, que si el trabajo…

Aunque, visto el historial de esta iniciativa, igual tenéis más de cuatro días. Quién sabe cuándo publicaré el juego de octubre.

De hecho, empiezo a sospechar que 12 meses, 12 juegos va a terminar significando simplemente 12 juegos en algún momento entre enero y diciembre.

En fin, lo de siempre. Echadle un rato, intentad entender qué nos ofrecía este juego en 1992 y luego venid a contarlo por aquí. Si os ha gustado, si os ha parecido insufrible, si habéis conseguido derribar algo o si habéis pasado más tiempo mirando el manual que jugando.

Y, especialmente, si alguno consigue que el Comandante Laertes le dé el visto bueno como piloto, que lo cuente. Eso ya sería prácticamente una certificación oficial.

Nos leemos en los comentarios.

Y por favor, intentad no estrellar el avión antes de despegar. Que luego el que tiene que arreglarlo es siempre el mismo.

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